Lo que no se estaba viendo en La Iguaná

Lo que no se estaba viendo en La Iguaná

Comprendiendo la vulnerabilidad desde la cotidianidad

 

Cartografía social La Palma, Foto: Ricardo Pérez.

 

En los últimos años, La Iguaná ha empezado a cambiar de formas que no siempre son evidentes a simple vista. Cambios en el clima, en el uso del suelo, en la manera de habitar y relacionarse con el territorio avanzan de forma silenciosa, mientras la vida cotidiana sigue su curso. En medio de estas transformaciones, una pregunta se vuelve clave: ¿qué tan consciente es usted del riesgo que lo rodea y de su propia vulnerabilidad como habitante?

Usted vive el territorio todos los días. Camina sus calles, reconoce los sonidos del agua, observa cómo cambian las montañas, los lotes, las quebradas y el clima. Esa experiencia cotidiana genera una sensación de familiaridad, incluso de control. Pero esa misma sensación puede ser engañosa.

Uno de los mayores riesgos en territorios como San Cristobal no es únicamente el cambio climático, ni la expansión urbana, ni la transformación del suelo. Es la distancia entre el riesgo que se percibe y el riesgo que realmente existe. Cuando ambos no coinciden, las decisiones suelen llegar tarde.

La percepción del riesgo se construye con la memoria y la costumbre. Si algo no ha pasado “grave”, se asume que no pasará. Si los impactos no han sido directos, se minimizan. Así, el riesgo se vuelve invisible justo cuando empieza a crecer. No porque no exista, sino porque se normaliza.

El territorio, sin embargo, no responde a percepciones. Responde a acumulaciones. Menos “monte”, casas con más y más pisos, cambios en los usos del suelo, presiones sobre el agua, variaciones climáticas cada vez más intensas y frecuentes. Cada factor, por separado, puede parecer manejable. Juntos, configuran escenarios mucho más frágiles de lo que aparentan.

Aquí aparece una idea clave: no se pueden construir soluciones si no se reconoce la vulnerabilidad. Cuando el riesgo solo se entiende después de la emergencia, las respuestas son reactivas, costosas y, muchas veces, insuficientes. Se actúa cuando ya se perdió algo: una vivienda, una fuente de ingreso, un ecosistema, la tranquilidad.

Percibir la vulnerabilidad no significa vivir con miedo ni caer en el alarmismo.

Significa comprender que el territorio está cambiando y que las formas tradicionales de habitarlo pueden no ser suficientes para los desafíos que vienen. Es pasar de reaccionar ante la catástrofe a anticiparse a ella.

Desde esta mirada, la vulnerabilidad no es solo una debilidad. Es también una señal. Una advertencia temprana que permite reorganizar, cuidar, planear y fortalecer. Cuando se reconoce a tiempo, abre la puerta a soluciones regenerativas: aquellas que no solo buscan resistir el daño, sino mejorar las condiciones del territorio y de la comunidad que lo habita.

En el marco del Laboratorio Vivo La Iguaná, desarrollado dentro del proyecto PARCS, un equipo social y técnico viene trabajando precisamente en entender esa brecha entre percepción y realidad. ¿Cómo se percibe el riesgo en el territorio? ¿Qué se subestima? ¿Qué se normaliza? ¿Y cómo esas percepciones influyen en la manera en que las comunidades se organizan, se cuidan y toman decisiones.

Este proceso de investigación busca ir más allá del diagnóstico. No se trata solo de identificar problemas, sino de generar conocimiento útil para anticiparse, adaptarse y construir respuestas colectivas. Porque cuando el riesgo se reconoce a tiempo, las comunidades no solo reaccionan: se preparan, se fortalecen y transforman su relación con el territorio.

Lo que usted está leyendo es apenas una primera aproximación. En los próximos contenidos se compartirán hallazgos, datos y lecturas que permitirán comprender mejor qué está ocurriendo en La Iguaná y por qué es fundamental hablar hoy de vulnerabilidad, antes de que el riesgo se convierta en noticia.